Enríquez, Henríquez

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Apellido patronímico, derivado del nombre propio de Enrique, por lo que, como en todos los de su clase, no tienen relación alguna entre sí las diversas ramas que lo ostentan.

Los Enríquez de Navarra proceden del Infante D. Enrique, tutor de D. Fernando IV, "el Emplazado"; los de Castilla, del maestre de Santiago D. Fabrique, hijo de D. Alfonso XI, esta misma ascendencia tienen los Enríquez de Almansa. Los Enríquez de Guzmán, Enríquez de Ribera y Enríquez de Noroña, todas estas ramas, y otras de los Enríquez, probaron su nobleza, en diferentes épocas, en las diferentes Órdenes Militares.

Alfonso I Enríquez, de nacionalidad portuguesa (1111-1185), fue hijo de Enrique de Borgoña y de Teresa de Castilla; accedió al trono portugués en 1139 tras vencer a los musulmanes en la batalla de Ourique, siendo reconocido por las Cortes de Lamego en 1142 y por el emperador Alfonso VII. Un año más tarde. Conquistó y anexionó las ciudades de Lisboa (1147) y Évora (1169). Se enfrentó al reino de León, cayendo prisionero tras el sitio de Badajoz y siendo obligado a devolver a Fernando II los territorios conquistados. Tomó grandes extensiones a los musulmanes, a quienes venció en la batalla de Santarem (1184).

Para algunos, este linaje viene de una Casa Real, y lo comentan de la siguiente forma: "Se trata del Infante D. Enrique, hijo del rey Fernando III, "el Santo". Se cuenta que, perseguido por su hermano, el rey Alfonso X "el Sabio", y habiendo solicitado asilo al rey D. Jaime II, de Aragón, este se lo negó por ser suegro de D. Alfonso, por lo cual, al Infante, no le quedó más remedio que pasar a África donde fue muy bien recibido por el rey de Túnez que estaba en guerra con algunos pueblos vecinos. Allí, las hazañas y los hechos heroicos del infante D. Enrique, fueron de tal altura que, como siempre suele ocurrir, despertaron la envidia hacia él por los mismos moros a cuyo favor combatía que vieron en él un peligro, sabiendo, la alta estima en que lo tenía su rey. Crueles e implacables enemigos se unieron en contra suya, buscando su perdición por los medios que fuese, con tal de eliminarlo. Contribuía, además, a su forma de proceder, el hecho de que el Infante era cristiano lo que, lógicamente, en unos fanáticos como ellos, fieles seguidores del profeta Mahoma, despertaba, aún más, su odio por infiel. Por tanto, conspiraron en contra suya con tanto ardor y saña que acabaron convenciendo al rey de Túnez que aquel hombre era un peligro y que además, si continuaba protegiéndole, incurriría en las iras del Profeta y de los santones que también se dieron en aconsejar la muerte del infiel. El rey acabó, finalmente, por dar su consentimiento para que el Infante D. Enrique fuera muerto. Pero no deseaban que esta fuera una muerte rápida, sino que querían verlo padecer, por lo que idearon darle un final cruel. Este consistió en soltarle dos fieros leones para que lo despedazaran y como deseaban verlo combatir, le dieron una espada. Fue más que suficiente para que D. Enrique luchara con tanto valor que mató a uno de los leones y el otro huyó amedrentado. Después, como premio a su valentía, el rey de Túnez lo dejó libre para que regresara a su patria, si este era su deseo. Por eso, en memoria de este suceso, el infante puso en sus armas dos leones sin corona, para diferenciarlos de los de León que están coronados".

Se deduce de todo lo que antecede, que nada se consigue para esclarecer el origen del linaje Enríquez o Henríquez con utilizar una leyenda que solo merece ser reproducida a título de curiosidad, y conviene tener en cuenta que el apellido que nos ocupa, muy difundido por España desde tiempos antiguos, tuvo en diversas regiones solares de origen distinto, sin vinculo de procedencia, ni de parentesco entre ellos.

Enrique Enríquez de Mendoza, fue I Conde de Alba de Aliste y Grande de España, título que se le otorgó con fecha 8 de agosto de 1459 (este título lo ostenta en la actualidad Dña. María de la Concepción Martorell y Castillejo). Contaba por ascendencia materna con la nobilísima sangre de los Ayala y Mendoza, emparentado por ella con la más alta nobleza castellana del siglo XV. Por parte paterna, procedía de los reyes de Castilla, ya que era biznieto de Alfonso XI, pero por su abuela paterna tenía sangre judía. Paloma, que así se llamaba, era natural de la Sevillana Guadalcanal y su padre Alonso fue quién tomó el apellido Enríquez, en agradecimiento a su tío Enrique II, que le repuso en sus dignidades. La belleza de la joven Paloma ha sido relatada en las más diversas crónicas. De estos Enríquez, que no han de confundirse con la saga de Salamanca, desciende también Dña. Juana Enríquez de Córdoba, reina de Aragón, madre de Fernando el Católico y prima del segundo conde de Alba de Aliste. Además, varias hijas de D. Alonso Enríquez dejaron descendencia en muchas de las más nobles casas de Castilla.

El VIII duque de Medinaceli, Juan Francisco Tomás de la Cerda y Enríquez (1637-1691), fue nombrado primer ministro por Carlos II a la muerte de D. Juan José de Austria. Inició una política económica de claro carácter reformista, desarrollada a través de la Junta de Comercio y Moneda. La devaluación monetaria que puso en marcha llevó al colapso de precios y al acaparamiento de granos lo que provocó indirectamente diversas bancarrotas. El estallido de motines en varias ciudades y la pésima actuación militar en la guerra con la Francia de Luis XIV -finalizada con la Paz de Basilea de 1684- motivó el abandono del gobierno por parte del duque y la retirada a su casa de Guadalajara donde vivió separado del poder hasta su muerte. El matrimonio de Juan Francisco Tomás con Catalina de Aragón, duquesa de Segorbe, Cardona y Lerma entre otros títulos, motivó el enriquecimiento y engrandecimiento de la casa de Medinaceli, títulos que pasarían a su hijo el IX duque.


Armas


Los de Castilla: Escudo mantelado: 1º, y 2º, de gules, con un castillo, de oro, aclarado de azur, y el mantel, de plata, con un león rampante, de gules.


Otros de Castilla: Escudo mantelado: 1º, y 2º, de gules, con un castillo, de oro, aclarado de azur, y el mantel, de plata, con un león rampante, de púrpura.


Los de Navarra: Escudo partido: 1º, de gules, con las cadenas de oro de Navarra, y 2º, de plata, con un león rampante, de azur.


Algunos de Cataluña: Escudo cortado: 1º, de plata, con dos leones rampantes, de gules, enfrentados, y 2º, de gules, con un castillo de oro, aclarado de azur.


Otros, según Vicente de Cadenas y Vicent: En campo de oro, una cruz potenzada y repotenzada, de gules.


Los Enríquez de Sevilla traen: Escudo cuartelado en sotuer: 1º, y 4º, de gules, con un castillo de oro, y 2º, y 3º, de plata, con un león rampante de gules. Así las describe también Argote de Molina.


Los Enríquez de Sevilla, de Cádiz y sus líneas, usaron esas mismas armas anteriores, pero en escudo cuartelado en cruz y acrecentado con una bordura de azur cargada en cada uno de sus costados de una llave de oro. Con la inclusión de las llaves, parece que se quiere significar que el fundador de esta familia presenció la entrega que el rey moro hizo de las llaves de la ciudad de Sevilla al monarca Fernando III “el Santo”.